El amanecer es ceniza ahogada en el asfalto... sólo porque te fuiste portando un beso de despedida; guardado, junto a un sujetador en aquel bolso oscuro.
(Silencio, sumo placer).
Páginas
Hablan de sal tus labios,
de una tierra castigada
por la oleada marítima,
y buscando tus ojos
divisé palomas en el cielo,
y buscando tu risa
observé tus manos de terciopelo.
Deseo es el idioma de tu mirada
profunda la herida que te daña,
en el castizo suburbio de rocas
maltrechas, encontré tu nombre ácido
asiduo acre que empuña tu alma
perpetua estatua de emblema podrido,
que asiste a su funeral
cubriendo su cuerpo de pluma y fiesta.
Sólo somos tiempo,
la distancia es la medida
de los pasos en los que nos
aproximámos...
de una tierra castigada
por la oleada marítima,
y buscando tus ojos
divisé palomas en el cielo,
y buscando tu risa
observé tus manos de terciopelo.
Deseo es el idioma de tu mirada
profunda la herida que te daña,
en el castizo suburbio de rocas
maltrechas, encontré tu nombre ácido
asiduo acre que empuña tu alma
perpetua estatua de emblema podrido,
que asiste a su funeral
cubriendo su cuerpo de pluma y fiesta.
Sólo somos tiempo,
la distancia es la medida
de los pasos en los que nos
aproximámos...
Para subir a los hombros del gigante.
Primero: coja una cuerda, cuelgue en su extremo un cubo mediano, cargue en su interior todo aquello que siempre le han enseñado.
Segundo: apunte a las rodillas del gigante, rodeelo, con toda la fuerza que ya ha demostrado en su existencia, en su día a día.
Tercero: suba por la pantorrilla, ya no necesita todos esos recuerdos que le causaron dolor, deshagase de ellos, son un peso innecesario para su hazaña.
Cuarto: siga subiendo por el torso, así no podrá verle. Esconda sus ojos en cualquier oscuro cuchitril... algunos ya tienen experiencia en esto.
Quinto: Prosiga por su cuello, y mantengase alerta en sus manos, escupa todos los miedos que le mostraron a la oscuridad, pues sólo es la ausencia de luz, y ésta la creación del color...
Sexto: Suba a su hombro, y cante la canción que amenazó su vida.
Séptimo: Acabe con el gigante...
Segundo: apunte a las rodillas del gigante, rodeelo, con toda la fuerza que ya ha demostrado en su existencia, en su día a día.
Tercero: suba por la pantorrilla, ya no necesita todos esos recuerdos que le causaron dolor, deshagase de ellos, son un peso innecesario para su hazaña.
Cuarto: siga subiendo por el torso, así no podrá verle. Esconda sus ojos en cualquier oscuro cuchitril... algunos ya tienen experiencia en esto.
Quinto: Prosiga por su cuello, y mantengase alerta en sus manos, escupa todos los miedos que le mostraron a la oscuridad, pues sólo es la ausencia de luz, y ésta la creación del color...
Sexto: Suba a su hombro, y cante la canción que amenazó su vida.
Séptimo: Acabe con el gigante...
Voy a ser sincero. He saltado desde el puente de la cordura hasta el río seco y degradado de la razón ilógica. Aquí, se han roto las leyes, pero existen normas extinguidas en el silencio. Aquí, la libertad es la esclavitud de los conceptos estructurados. Sin destino, rumbo, camino, y otras limitaciones redactadas.
Voy a volver a mentir. Permanezco sentado en el borde de una pequeña silla, y aquí estás tú. ¿Qué te induce a volver? Aquí, no queda nada; como allí, nada te hizo que volvieras, como allá no hay nada que te impida volver. Con mil destinos, rumbos y caminos, y tantas limitaciones... ya conocidas.
Voy a volver a mentir. Permanezco sentado en el borde de una pequeña silla, y aquí estás tú. ¿Qué te induce a volver? Aquí, no queda nada; como allí, nada te hizo que volvieras, como allá no hay nada que te impida volver. Con mil destinos, rumbos y caminos, y tantas limitaciones... ya conocidas.
Aquella ventana...
Se asienta el sol entre los edificios,
la ventana estática luce paz.
Plácido es el letargo en decadencia,
el tono se mezcla entre
el trigo fresco de tu pelo y
el naranja de la tierra sur
que aulla...
El tendedero esta vacío,
las pinzas desordenadas
de mil colores distintos,
se distribuyen de par en par,
unas se abrazan y otras se besan
agitándose con el viento,
que brama...
El sol se despide, los pájaros
agitan sus alas de vuelta a casa.
Rosada es la piel del cielo,
se reflejan las antenas en su costado
disparan a las estrellas, desnudan
el firmamento.
Una música que ruge lenta, arropa al astro
que cierra sus ojos, entre sus últimos tonos
morados...
Sueña el sol con la luna,
él la ilumina.
En noches menguantes en que la muerde
el aire se insinúa.
En noches llenas cuando la domina,
el aire se estremece.
Y cae el telón de puntos infinitos,
la brisa sinuosa de suspiros,
la cerveza fresca, elixir de sabidurías.
La certeza de existencia que esconde
suicidas.
En un atardecer descubrí el amor,
en un atardecer descubrí la adrenalina,
de saber que la vida pide esdrújulas...
Caos de lo que nunca sabrás
que podrá pasar.
la ventana estática luce paz.
Plácido es el letargo en decadencia,
el tono se mezcla entre
el trigo fresco de tu pelo y
el naranja de la tierra sur
que aulla...
El tendedero esta vacío,
las pinzas desordenadas
de mil colores distintos,
se distribuyen de par en par,
unas se abrazan y otras se besan
agitándose con el viento,
que brama...
El sol se despide, los pájaros
agitan sus alas de vuelta a casa.
Rosada es la piel del cielo,
se reflejan las antenas en su costado
disparan a las estrellas, desnudan
el firmamento.
Una música que ruge lenta, arropa al astro
que cierra sus ojos, entre sus últimos tonos
morados...
Sueña el sol con la luna,
él la ilumina.
En noches menguantes en que la muerde
el aire se insinúa.
En noches llenas cuando la domina,
el aire se estremece.
Y cae el telón de puntos infinitos,
la brisa sinuosa de suspiros,
la cerveza fresca, elixir de sabidurías.
La certeza de existencia que esconde
suicidas.
En un atardecer descubrí el amor,
en un atardecer descubrí la adrenalina,
de saber que la vida pide esdrújulas...
Caos de lo que nunca sabrás
que podrá pasar.
Mi alma, un deseo
Déjame teñir el cielo azul
del blanco celo, que recelan
mis manos. Déjame plañir la
tierra verde, del negro odio
que enturbia mi voz.
Déjame ceñir este telar;
hoy soy esclavo de las Parcas,
y he quemado el destino escrito,
para entretejer mi propia
muerte negra, espesa y oscura.
Pesa en mi alma un deseo...
He estado hablando con Eolo.
Famas me contó sus rumores.
Mi muerte es la eterna esencia;
supervivencia de un recuerdo,
la eterna búsqueda de un cuerpo
efímero...
En el vaivén del tiempo,
tiemblan tambores de guerra.
En el vaivén del tiempo,
solo sobrevive un cuerpo.
Un amor eterno llamado Poesía...
del blanco celo, que recelan
mis manos. Déjame plañir la
tierra verde, del negro odio
que enturbia mi voz.
Déjame ceñir este telar;
hoy soy esclavo de las Parcas,
y he quemado el destino escrito,
para entretejer mi propia
muerte negra, espesa y oscura.
Pesa en mi alma un deseo...
He estado hablando con Eolo.
Famas me contó sus rumores.
Mi muerte es la eterna esencia;
supervivencia de un recuerdo,
la eterna búsqueda de un cuerpo
efímero...
En el vaivén del tiempo,
tiemblan tambores de guerra.
En el vaivén del tiempo,
solo sobrevive un cuerpo.
Un amor eterno llamado Poesía...
Anoche se presentó ante mí un recuerdo olvidado; ya la noche se mecía en el alba, arropando con luz la presencia de la Luna.
Me ví sentado en la fría tierra seca. En mis manos notaba los terrones de arena dura, y al alzar la vista volví a ver el blanco cielo que cobijaba la huerta, bajo finas nubes cuadrículadas de color gris. En el exterior, se dibujaban las fronteras del campo. El viento se entrechocaba. Pasaba ululando entre las rendijas del invernadero, produciendo un sonido ensordecedor en los días de ventisca.
La voz de mi padre se alzaba al fondo, tosca y enternecedora. En sus manos, llevaba la azada, madera y metal. Pasó por entre las lindes formadas por los pequeños brotes que nacían. Paró a la mitad. Los brotes se mezclaban con la mala hierba, en algunas ocasiones se abrazaban en cortejo. La azada sonreía. Las manos ya besaban la madera; el metal se calentaba en su ascenso. Ya por encima de la cabeza del hombre, el niño cerraba los ojos.
El sonido era dulce. El acero ara(ña)ba la corteza gélida. Las fisuras a su paso se propagaban, el hierro se agarraba a la tierra. La azada hincaba sus uñas. Los brazos ya hacia atrás con fuerza. Muerta ya, la vida de la mala hierba.
El niño abría los ojos, y el proceso se repetía. Recuerdo en mi mano la dura tierra en grito, a la que yo daba vida, dibujando en su forma caras.
Me ví sentado en la fría tierra seca. En mis manos notaba los terrones de arena dura, y al alzar la vista volví a ver el blanco cielo que cobijaba la huerta, bajo finas nubes cuadrículadas de color gris. En el exterior, se dibujaban las fronteras del campo. El viento se entrechocaba. Pasaba ululando entre las rendijas del invernadero, produciendo un sonido ensordecedor en los días de ventisca.
La voz de mi padre se alzaba al fondo, tosca y enternecedora. En sus manos, llevaba la azada, madera y metal. Pasó por entre las lindes formadas por los pequeños brotes que nacían. Paró a la mitad. Los brotes se mezclaban con la mala hierba, en algunas ocasiones se abrazaban en cortejo. La azada sonreía. Las manos ya besaban la madera; el metal se calentaba en su ascenso. Ya por encima de la cabeza del hombre, el niño cerraba los ojos.
El sonido era dulce. El acero ara(ña)ba la corteza gélida. Las fisuras a su paso se propagaban, el hierro se agarraba a la tierra. La azada hincaba sus uñas. Los brazos ya hacia atrás con fuerza. Muerta ya, la vida de la mala hierba.
El niño abría los ojos, y el proceso se repetía. Recuerdo en mi mano la dura tierra en grito, a la que yo daba vida, dibujando en su forma caras.
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