Se asienta el sol entre los edificios,
la ventana estática luce paz.
Plácido es el letargo en decadencia,
el tono se mezcla entre
el trigo fresco de tu pelo y
el naranja de la tierra sur
que aulla...
El tendedero esta vacío,
las pinzas desordenadas
de mil colores distintos,
se distribuyen de par en par,
unas se abrazan y otras se besan
agitándose con el viento,
que brama...
El sol se despide, los pájaros
agitan sus alas de vuelta a casa.
Rosada es la piel del cielo,
se reflejan las antenas en su costado
disparan a las estrellas, desnudan
el firmamento.
Una música que ruge lenta, arropa al astro
que cierra sus ojos, entre sus últimos tonos
morados...
Sueña el sol con la luna,
él la ilumina.
En noches menguantes en que la muerde
el aire se insinúa.
En noches llenas cuando la domina,
el aire se estremece.
Y cae el telón de puntos infinitos,
la brisa sinuosa de suspiros,
la cerveza fresca, elixir de sabidurías.
La certeza de existencia que esconde
suicidas.
En un atardecer descubrí el amor,
en un atardecer descubrí la adrenalina,
de saber que la vida pide esdrújulas...
Caos de lo que nunca sabrás
que podrá pasar.
Páginas
Mi alma, un deseo
Déjame teñir el cielo azul
del blanco celo, que recelan
mis manos. Déjame plañir la
tierra verde, del negro odio
que enturbia mi voz.
Déjame ceñir este telar;
hoy soy esclavo de las Parcas,
y he quemado el destino escrito,
para entretejer mi propia
muerte negra, espesa y oscura.
Pesa en mi alma un deseo...
He estado hablando con Eolo.
Famas me contó sus rumores.
Mi muerte es la eterna esencia;
supervivencia de un recuerdo,
la eterna búsqueda de un cuerpo
efímero...
En el vaivén del tiempo,
tiemblan tambores de guerra.
En el vaivén del tiempo,
solo sobrevive un cuerpo.
Un amor eterno llamado Poesía...
del blanco celo, que recelan
mis manos. Déjame plañir la
tierra verde, del negro odio
que enturbia mi voz.
Déjame ceñir este telar;
hoy soy esclavo de las Parcas,
y he quemado el destino escrito,
para entretejer mi propia
muerte negra, espesa y oscura.
Pesa en mi alma un deseo...
He estado hablando con Eolo.
Famas me contó sus rumores.
Mi muerte es la eterna esencia;
supervivencia de un recuerdo,
la eterna búsqueda de un cuerpo
efímero...
En el vaivén del tiempo,
tiemblan tambores de guerra.
En el vaivén del tiempo,
solo sobrevive un cuerpo.
Un amor eterno llamado Poesía...
Anoche se presentó ante mí un recuerdo olvidado; ya la noche se mecía en el alba, arropando con luz la presencia de la Luna.
Me ví sentado en la fría tierra seca. En mis manos notaba los terrones de arena dura, y al alzar la vista volví a ver el blanco cielo que cobijaba la huerta, bajo finas nubes cuadrículadas de color gris. En el exterior, se dibujaban las fronteras del campo. El viento se entrechocaba. Pasaba ululando entre las rendijas del invernadero, produciendo un sonido ensordecedor en los días de ventisca.
La voz de mi padre se alzaba al fondo, tosca y enternecedora. En sus manos, llevaba la azada, madera y metal. Pasó por entre las lindes formadas por los pequeños brotes que nacían. Paró a la mitad. Los brotes se mezclaban con la mala hierba, en algunas ocasiones se abrazaban en cortejo. La azada sonreía. Las manos ya besaban la madera; el metal se calentaba en su ascenso. Ya por encima de la cabeza del hombre, el niño cerraba los ojos.
El sonido era dulce. El acero ara(ña)ba la corteza gélida. Las fisuras a su paso se propagaban, el hierro se agarraba a la tierra. La azada hincaba sus uñas. Los brazos ya hacia atrás con fuerza. Muerta ya, la vida de la mala hierba.
El niño abría los ojos, y el proceso se repetía. Recuerdo en mi mano la dura tierra en grito, a la que yo daba vida, dibujando en su forma caras.
Me ví sentado en la fría tierra seca. En mis manos notaba los terrones de arena dura, y al alzar la vista volví a ver el blanco cielo que cobijaba la huerta, bajo finas nubes cuadrículadas de color gris. En el exterior, se dibujaban las fronteras del campo. El viento se entrechocaba. Pasaba ululando entre las rendijas del invernadero, produciendo un sonido ensordecedor en los días de ventisca.
La voz de mi padre se alzaba al fondo, tosca y enternecedora. En sus manos, llevaba la azada, madera y metal. Pasó por entre las lindes formadas por los pequeños brotes que nacían. Paró a la mitad. Los brotes se mezclaban con la mala hierba, en algunas ocasiones se abrazaban en cortejo. La azada sonreía. Las manos ya besaban la madera; el metal se calentaba en su ascenso. Ya por encima de la cabeza del hombre, el niño cerraba los ojos.
El sonido era dulce. El acero ara(ña)ba la corteza gélida. Las fisuras a su paso se propagaban, el hierro se agarraba a la tierra. La azada hincaba sus uñas. Los brazos ya hacia atrás con fuerza. Muerta ya, la vida de la mala hierba.
El niño abría los ojos, y el proceso se repetía. Recuerdo en mi mano la dura tierra en grito, a la que yo daba vida, dibujando en su forma caras.
Asturias
¿Dónde se ha roto el espejo;
que dejó a mi tierra sumida,
y a ésta otra estancada?
El cielo gris; podrido por sus minas,
dibuja la tranquilidad que el alma
paciente buscaba.
Y en mi tierra yace la navaja
del sol candente, que el fuego
en movimiento aviva.
"Al otro llau" de Sierra Morena
se dibuja el silencio, una forma
y vida distinta del amanecer alegre.
que dejó a mi tierra sumida,
y a ésta otra estancada?
El cielo gris; podrido por sus minas,
dibuja la tranquilidad que el alma
paciente buscaba.
Y en mi tierra yace la navaja
del sol candente, que el fuego
en movimiento aviva.
"Al otro llau" de Sierra Morena
se dibuja el silencio, una forma
y vida distinta del amanecer alegre.
Fúndete en mi fuego,
déjate llevar como la hoja
acariciada, viento suave
eterno en su ascenso.
Y fulminar en la cólera
de la tormenta despiadada,
un torbellino, que arde
en el cénit de su forma.
Llora la tierra, el mar,
la luna; miéntras ambos,
cuerpos fugaces, nos perdemos
en este instante; tiempo...
Soy ceniza de esta llama,
tizón del lánguido paladar,
tierno y pérfido, que como
el viento: pasa, arrastra...
y se va.
déjate llevar como la hoja
acariciada, viento suave
eterno en su ascenso.
Y fulminar en la cólera
de la tormenta despiadada,
un torbellino, que arde
en el cénit de su forma.
Llora la tierra, el mar,
la luna; miéntras ambos,
cuerpos fugaces, nos perdemos
en este instante; tiempo...
Soy ceniza de esta llama,
tizón del lánguido paladar,
tierno y pérfido, que como
el viento: pasa, arrastra...
y se va.
A las armas!
Lanza tu arma contra mi pueblo,
gólpeale hasta hacerle sangrar.
Ya en el suelo, písale hasta
que sus entrañas estallen, hasta
que tu rabia se sacie contra
tu hermano.
Sois vosotros la espada
de este gobierno.
Un gobierno sabio, gentil, que
todo lo que sabe es dar.
Carga contra nosotros tu aroma
olor a cloaca y pólvora, por ellos,
tus gobernantes que te arrojan
su mano desde lo alto de su Olimpo...
Noble guerrero,
despierta...
Noble guerrero,
es la hora...
gólpeale hasta hacerle sangrar.
Ya en el suelo, písale hasta
que sus entrañas estallen, hasta
que tu rabia se sacie contra
tu hermano.
Sois vosotros la espada
de este gobierno.
Un gobierno sabio, gentil, que
todo lo que sabe es dar.
Carga contra nosotros tu aroma
olor a cloaca y pólvora, por ellos,
tus gobernantes que te arrojan
su mano desde lo alto de su Olimpo...
Noble guerrero,
despierta...
Noble guerrero,
es la hora...
Y solo dos...
Etérea, como tu mirada;
Efímera, como tus besos;
Extraña, como el tiempo;
Especial, como Tú.
Imponente, como el ocaso;
Imposible, como los sueños;
Impasible, como el caos;
Importante, como esta vida.
Áspera, y ardiente;
Ambiciosa, como una diosa;
Amable, como el mayor de los pobres;
Atractiva, como la última copa de la noche.
O eso o la muerte,
un deseo fugaz,
ofrécete, o hazme saber que estas.
Hundámonos entre alaridos,
animales sin coraza
que rompen sus cuerpos con el aire.
Dos cuerpos y mil palabras,
y mil silencios, y cien miradas.
Y sólo dos...
Efímera, como tus besos;
Extraña, como el tiempo;
Especial, como Tú.
Imponente, como el ocaso;
Imposible, como los sueños;
Impasible, como el caos;
Importante, como esta vida.
Áspera, y ardiente;
Ambiciosa, como una diosa;
Amable, como el mayor de los pobres;
Atractiva, como la última copa de la noche.
O eso o la muerte,
un deseo fugaz,
ofrécete, o hazme saber que estas.
Hundámonos entre alaridos,
animales sin coraza
que rompen sus cuerpos con el aire.
Dos cuerpos y mil palabras,
y mil silencios, y cien miradas.
Y sólo dos...
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